El hecho de tener o no tener algunas cosas, puede marcar una gran diferencia. Sucede desde el albor de los tiempos, y no me refiero solo a posesiones materiales, al vil dinero (yo solo lo acepto por educación), o a voluptuosidades sexuales de diversa calaña.
Desde siempre… Ser grande y fuerte, una voz angelical, tener sangre noble (salvo en contados momentos históricos), la habilidad de tocar instrumentos, belleza, un pelo Pantene, y últimamente, saber darle patadas a un balón, han sido rasgos valorados en nuestra especie.
Ejemplo de rasgos sobrevalorados
Muchas veces me he preguntado “¿Cómo será…?” saber tocar un instrumento (en mis años de campamentos habría sido de lo más útil para mis escarceos amorosos, creedme), tener una melena sansoniana, poseer una habilidad digna del circ du soleil, o un bigote a lo Dalí…
No todos podremos vivir esas sensaciones, pero este mes, gracias al Movember, me he animado a experimentar lo que es tener un bigote. Es tan sencillo como afeitarse a primero de mes, y dejar que, el bello vello facial, siga su curso, se asilvestre, y se desmelene durante todo el mes de noviembre. Si, un señor bigote, de esos que se dejan peinar, atusar, y acariciar.
La experiencia es curiosa, y más allá de la primera sensación de imbecilidad que me proporcionó el verme frente al espejo, luciendo un felpudo bajo la nariz, y de cuanto cuesta comer y beber, sin acabar convirtiéndolo en una despensa de miguitas y restos (flava sava). Un bigote te permite juguetear con él mientras trabajas, lees, juegas a la consola, o esperas el bus, dándote una apariencia pensativa, misteriosa e interesante.
Si Groucho Marx, Salvador Dalí, Frida Kahlo, y mi padre, entre otros, decidieron llevarlo en su día…





