Porque el mundo es bonito, hasta vomitar.

16 abril 2007

Nunca es tarde

-¿Se puede saber a donde vas? Hace cinco minutos que has ido al baño. Toda la semana insistiendo en venir a comer aquí, y ahora no mira ni la carta-

Carlos miró a su hijo con aire cansado y murmuró un –ya te llegará, ya-. Colocó bien su silla, y se alejó avanzando por el salón a paso pausado. Se cruzó con unos camareros que venían del patio, donde una familia celebraba un cumpleaños. En su anterior trayecto al baño, los había visto llegar, acompañados del bullicio normal de los niños y las madres controladoras. Se habían reunido tres generaciones para celebrar el cumpleaños del abuelo.
A través del ventanal podía ver a los hijos y sus parejas, la segunda generación, leer despreocupadamente las cartas mientras echaban ojeadas intermitentes a sus hijos. Niños vestidos de señor que va a la oficina. Los miraba con ojos vidriosos mientras se mordisqueaba el interior del labio, esperando a que los camareros acabasen de pasar.
Su camino se despejó, y lo retomó con más energía. Sus zancadas se alargaron, a la vez que su mandíbula se tensaba, y sus puños se apretaban al compás de sus pasos.



Cruzó la sombra de las moreras, y por fin pudo enfilar el borde exterior de las mesas en forma de U donde se encontraba aquella numerosa familia. Apenas destacaba entre el ir y venir de niños revoltosos y padres disciplinantes. Dobló la esquina de la mesa no sin un ligero nudo en el estómago, y se dirigió con determinación hacia la cabecera, hacia el homenajeado. Hacia él.
Todo sucedía en poco segundos, pero para él todo era a cámara lenta. Con la lentitud de una película que hemos visto mil veces, y en la que ya sabemos que escena viene después. Se plantó ante él, lo miró fijamente y dejó que lo mirase. Era viejo, como lo era él mismo, así que esperó un par de segundos para dejar que lo reconociese, para que pudiese entender a que venía todo aquello. En cuanto se vio reconocido en sus ojos, no lo dudó. Soltó un zurdazo directo a la mandíbula de aquel anciano, que sonó como suenan los bistecs contra el mármol de la cocina. Dejándolo tendido sobre la mesa.

-Hace treinta y cinco años te dije que daría una paliza si volvías a molestarla y lo hiciste. No me hace falta dártela, con esto tienes suficiente-

Enseguida un camarero y uno de los hijos de aquel anciano, se abalanzaron sobre él para detenerlo. No hacía falta, no quería pegarle más, “no hacía falta”.
Mientras lo agarraban, su mirada seguía fija en los ojos de su sparring. Sentía un ligero temblor causado por los nervios, pero estaba flotando. Apenas escuchaba los improperios de los familiares, y no contestó nada a su hijo cuando vino a hacer que lo soltaran y le pregunto que “que estaba haciendo”.

-¿Pero te has vuelto loco papa? ¡No se va por ahí pegando a la gente!- Le dijo mientras arrancaba el coche camino a casa.

-Eso mismo intentaba explicarle yo a ese desgraciado- Contestó Carlos.

Le bastó con ver la cara de miedo de aquel hombre. La misma que vio treinta y cinco años atrás en la cara de su amiga y después esposa, el día en que aquel cobarde la mandó al hospital.

11 comentarios:

Folken dijo...

Los maltratadores son cobardes por definición...

tia cookie's dijo...

Bella historia si señor, hombre cabe destacar que el hombre no fue muy rápido de reflejos y esperar tantos años es un pelín desquiciante, pero como tu dices mas vale tarde que nunca.
Como dice Her Folken maltratador es sinónimo de cobarde, es como los perros pequeños, los pekineses que ladran por cualquier cosa, no es para avisar si no para desacojonarse.
Bonito si señor!!
"galletas a la espera de la Mona"
You know!!

BamBuuu dijo...

magnífic text, m'ha encantat! tandebó totes les dones maltractades tinguessin un Carlos al costat que les ajudés a obrir el ulls.

denke dijo...

tia cookies a ver si es verdad que a la mona la esperan unas galletas...

Ángel dijo...

Una buena hostia, aunque sea destiempo, no le hace justicia a determinada chusma, pero a mí, personalmente, creo que me ayudaría a dormir mejor.

Siempre he pensado lo que me costaría vengar un putada que hicieran a un familiar o amigo. ¿Una multa? ¿una condena de un año que nunca cumpliría? ¿antecedentes?

Nada comparado con la satisfacción de hacer justicia cuando la Justicia, con mayúsculas, es incapaz de hacerlo. Sé que no está bien, pero es sano y edificante.

Elena dijo...

Me alegro que te animes a escribir relatos, y saques tiempo de donde casi nunca hay para ello. Me ha gustado mucho. Yo le hubiera dado esa paliza mucho antes, pero más vale tarde que nunca!!

denke dijo...

Algunas veces la justicia nos la hacemos a nosotros mismos. No hay justicia para segun que.

Elena, lo que cuesta, es citar al tiempo libre con las ganas de escribir.

Tamaruca dijo...

Muchas gracias por la visita, volveré a leerte tranquilamente poque ahora no tengo tiempo ;)

Abogada en Bcn dijo...

Muy bueno Denke.

Anónimo dijo...

Cada história es un mundo, ciertamete... y es algo que me plantee antes de volver a tenerlo de frente... creo que quien hace daño sabiendolo y no reconoce su error, bien pobre és. Sabes cuanta gente lo echara en falta? y sabes cuantas veces se preguntó por qué no estabamos ahí?
Hay un submundo aun por descubrir, lleno de miedos, de tristezas, de pobrezas de espíritu (hablo de las suyas, del agresor)... que la mayoría de las veces se quedan ahí, enterradas. Todo pasa. Por suerte!

( no sé si se ha entendido algo, disculpa)

Besos!!
aiguamarina

denke dijo...

creo haberte entendido. Es evidente que hay un submundo que da explicaciones de sucesos, pero no razones. Hay mucha gente con muchos problemas que no hace eso, y reconocer esos sucesos como razones, sería una falta de respeto para quienes teniendo esos condicionantes no pierden el respeto por los otros.
un abrazo aiguamarina!